tradutor
segunda-feira, 30 de abril de 2012
Un cuento sufi
El cuento de las arenas
Un río, desde sus orígenes en lejanas montañas, después de pasar a través de toda clase y trazado de campiñas, al fin alcanzó las arenas del desierto. Del mismo modo que había sorteado todos los otros obstáculos, el río trató de atravesar este último, pero se dio cuenta de que sus aguas desaparecían en las arenas tan pronto llegaba a éstas.
Estaba convencido, no obstante, de que su destino era cruzar este desierto y sin embargo, no había manera. Entonces una recóndita voz, que venía desde el desierto mismo le susurró:
"El Viento cruza el desierto y así puede hacerlo el río"
El río objetó que se estaba estrellando contra las arenas y solamente conseguía ser absorbido, que el viento podía volar y ésa era la razón por la cual podía cruzar el desierto.
"Arrojándote con violencia como lo vienes haciendo no lograrás cruzarlo. Desaparecerás o te convertirás en un pantano. Debes permitir que el viento te lleve hacia tu destino"
-¿Pero cómo esto podrá suceder?
"Consintiendo en ser absorbido por el viento".
Esta idea no era aceptable para el río. Después de todo él nunca había sido absorbido antes. No quería perder su individualidad. "¿Y, una vez perdida ésta, cómo puede uno saber si podrá recuperarla alguna vez?" "El viento", dijeron las arenas, "cumple esa función. Eleva el agua, la transporta sobre el desierto y luego la deja caer. Cayendo como lluvia, el agua nuevamente se vuelve río"
-¿Cómo puedo saber que esto es verdad?
"Así es, y si tú no lo crees, no te volverás más que un pantano y aún eso tomaría muchos, pero muchos años; y un pantano, ciertamente no es la misma cosa que un río."
-¿Pero no puedo seguir siendo el mismo río que ahora soy?
"Tú no puedes en ningún caso permanecer así", continuó la voz. "Tu parte esencial es transportada y forma un río nuevamente. Eres llamado así, aún hoy, porque no sabes qué parte tuya es la esencial."
Cuando oyó esto, ciertos ecos comenzaron a resonar en los pensamientos del río. Vagamente, recordó un estado en el cual él, o una parte de él ¿cuál sería?, había sido transportado en los brazos del viento. También recordó --¿o le pareció?-- que eso era lo que realmente debía hacer, aún cuando no fuera lo más obvio. Y el río elevó sus vapores en los acogedores brazos del viento, que gentil y fácilmente lo llevó hacia arriba y a lo lejos, dejándolo caer suavemente tan pronto hubieron alcanzado la cima de una montaña, muchas pero muchas millas más lejos. Y porque había tenido sus dudas, el río pudo recordar y registrar más firmemente en su mente, los detalles de la experiencia. Reflexionó: "Sí, ahora conozco mi verdadera identidad". El río estaba aprendiendo pero las arenas susurraron: "Nosotras conocemos, porque vemos suceder esto día tras día, y porque nosotras las arenas, nos extendemos por todo el camino que va desde las orillas del río hasta la montaña"
Y es por eso que se dice que el camino en el cual el Río de la Vida ha de continuar su travesía está escrito en las Arenas.
Awad Afifi el Tunecino
Templo 51, Matsuyama, 800 km recorridos
Templo 51, Matsuyama
Llegué a Matsuyama, capital de la provincia de Ehime y mayor ciudad de la isla de Shikoku.
Ya son casi 800 km caminados.
Poco a poco, siento que el círculo se va completando.
Los últimos días fueron de sol y cielo azul, dejando las playas de Shikoku y entrando en el interior de la isla, subiendo montañas muy altas donde inclusive nieva mucho en invierno.
Encontré más peregrinos y hice amistad con varios con los cuales fui encontrando durante las caminadas o en los albergues.
Llegué a Matsuyama mucho más calmo interiormente y entonces no me importé si alguién me llamaba de "gaijin". Si alguién lo hizo, no tomé conocimiento. Y su hubiese visto, no iba a reaccionar. Talvez me reiria o ignoraria.
Y por estar calmo interiormente, en Matsuyama he encontrado gente que ha sido tan amable conmigo como en los pueblitos del interior de Shikoku.
También tengo una estrategia para no incomodarme con el tránsito y ruido de la ciudad, un gran contraste después de caminar tantos días en las montañas. Me pongo una música bien alta y anteojos de sol. Y me transformo en un gaijin un poco inaccesible y ajeno a los posibles comentarios que alguien pueda realizar.
Hay algo muy especial con este camino.
Debe ser una suma de factores. El hecho de no hablar ni leer, la cultura diferente, la dificultad de encontrar con quien conversar o de encontrar acceso a internet. Las largas distancias. El gran esfuerzo físico de subir y bajar montañas casi diariamente. El gran contacto con la naturaleza.
En mi caso particular también siento que ha sido muy valiosa la decisión que tomé de no beber bebidas alcohólicas durante el camino, algo que no me está costando ningún esfuerzo y ayuda mucho a mantener la mente más atenta y conectarse más con la voz interior.
Y las visitas a los templos, donde me concentro y escribo mis pedidos y mis preguntas y los entrego a ese lugar sagrado.
Puede ser Kobo Daishi o puede tener otro nombre. Eso no importa. No importa la religión. No importan los santos.
Yo entrego mis pedidos a un lugar sagrado universal, donde todo lo desconocido se junta. Sin importar la religión o crencia.
Un lugar donde pueden estar Kobo Daishi, Cristo, Buda o quien sea.
Un lugar donde están también mis antepasados.
Y siento que me hace bien ese contacto con ese lugar sagrado, libre de religiones.
Y siento también que mis preguntas y pedidos cambian a los pocos.
Y a veces, cuando parece que encontré una respuesta para un pedido, de repente algo me dice que no, y vuelvo nuevamente al inicio, a mis pedidos del templo 1.
Pero siento que vuelvo con otra calidad.
Más profunda.
Y cuando hacemos los verdaderos pedidos, humildemente y desde nuestros corazones, es posible que alguna puerta se abra y nos muestre algo.
Y claro que después será necesario el corage para entregarse.
Con confianza.
Sin ninguna seguridad.
Llegué a Matsuyama, capital de la provincia de Ehime y mayor ciudad de la isla de Shikoku.
Ya son casi 800 km caminados.
Poco a poco, siento que el círculo se va completando.
Los últimos días fueron de sol y cielo azul, dejando las playas de Shikoku y entrando en el interior de la isla, subiendo montañas muy altas donde inclusive nieva mucho en invierno.
Encontré más peregrinos y hice amistad con varios con los cuales fui encontrando durante las caminadas o en los albergues.
Llegué a Matsuyama mucho más calmo interiormente y entonces no me importé si alguién me llamaba de "gaijin". Si alguién lo hizo, no tomé conocimiento. Y su hubiese visto, no iba a reaccionar. Talvez me reiria o ignoraria.
Y por estar calmo interiormente, en Matsuyama he encontrado gente que ha sido tan amable conmigo como en los pueblitos del interior de Shikoku.
También tengo una estrategia para no incomodarme con el tránsito y ruido de la ciudad, un gran contraste después de caminar tantos días en las montañas. Me pongo una música bien alta y anteojos de sol. Y me transformo en un gaijin un poco inaccesible y ajeno a los posibles comentarios que alguien pueda realizar.
Hay algo muy especial con este camino.
Debe ser una suma de factores. El hecho de no hablar ni leer, la cultura diferente, la dificultad de encontrar con quien conversar o de encontrar acceso a internet. Las largas distancias. El gran esfuerzo físico de subir y bajar montañas casi diariamente. El gran contacto con la naturaleza.
En mi caso particular también siento que ha sido muy valiosa la decisión que tomé de no beber bebidas alcohólicas durante el camino, algo que no me está costando ningún esfuerzo y ayuda mucho a mantener la mente más atenta y conectarse más con la voz interior.
Y las visitas a los templos, donde me concentro y escribo mis pedidos y mis preguntas y los entrego a ese lugar sagrado.
Puede ser Kobo Daishi o puede tener otro nombre. Eso no importa. No importa la religión. No importan los santos.
Yo entrego mis pedidos a un lugar sagrado universal, donde todo lo desconocido se junta. Sin importar la religión o crencia.
Un lugar donde pueden estar Kobo Daishi, Cristo, Buda o quien sea.
Un lugar donde están también mis antepasados.
Y siento que me hace bien ese contacto con ese lugar sagrado, libre de religiones.
Y siento también que mis preguntas y pedidos cambian a los pocos.
Y a veces, cuando parece que encontré una respuesta para un pedido, de repente algo me dice que no, y vuelvo nuevamente al inicio, a mis pedidos del templo 1.
Pero siento que vuelvo con otra calidad.
Más profunda.
Y cuando hacemos los verdaderos pedidos, humildemente y desde nuestros corazones, es posible que alguna puerta se abra y nos muestre algo.
Y claro que después será necesario el corage para entregarse.
Con confianza.
Sin ninguna seguridad.
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